La comunidad de Quitilipi vivió una emotiva jornada en el Barrio San José Obrero. Con una misa de acción de gracias, el descubrimiento de una placa y un almuerzo comunitario, se recordaron seis décadas de evangelización y compromiso social.
En un clima de profunda fe, los vecinos se reunieron para despedir la doble celebración que el pasado fin de semana conmemoró los 60 años de la Capilla San José Obrero. Si bien el festejo central fue el 19 de marzo, las condiciones climáticas dejaron pendientes la bicicleteada y el festival que pasó para el mes de mayo, pero el cierre fue una verdadera fiesta.
La Santa Misa estuvo a cargo del padre Héctor Leonel González Chuscof, y contó con la presencia del intendente Ariel Lovey. Durante una homilía, el cura llamó a la reflexión sobre la humildad y la convivencia, «muchas veces pensamos que somos buenos, pero no tenemos que creernos. Siempre estamos desconformes o criticando a un vecino o a un compañero. Hay que ser justos, reconocer lo que no estamos haciendo bien y buscar a Dios para sanarnos», expresó.
El legado de los pioneros
Uno de los momentos más emotivos fue el reconocimiento a quienes pusieron los primeros ladrillos, tanto materiales como espirituales. El padre agradeció el esfuerzo de las familias fundadoras, a la comisión directiva y a las Hermanas de la Sagrada Familia por mantener viva la llama de la palabra de Dios.
La vecina Nilda Fogar de Villalba e Ignacia “Tula” Núñez de Moreira, pioneras del primer equipo de trabajo, recibieron un recordatorio. También se homenajeó la memoria de Josefa Caballero de Frías y de Honorio De Langhe, quien tuvo el gesto de donar el terreno para el edificio del oratorio.
La lista de pergaminos entregados a familiares son parte de la identidad del barrio: Vicente Stella, Dionicia La Rosa, Florencia Ayala, Durbel Juárez, Efraín Alfonso, Juan Becerra, Marcelina Larrea, Mario Solís, Salvador González y Rogelio López.
Para sellar la jornada, autoridades eclesiásticas y municipales descubrieron una placa por los LX años de servicio a la comunidad. En cambio el broche de oro fue un gran almuerzo solidario y comunitario.
Guiso de arroz
Bajo las palabras de la Hermana Teresa Beck de que “la Iglesia es una familia que cobija a todos”, se compartió un sabroso guiso de arroz gracias a la donación de muchos vecinos. El plato estuvo destinado a un centenar de personas de los sectores más humildes.


