Violencia

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El profesor de historia, político y músico Cristian César Iván Barreto, hizo llegar a este medio una profunda cómo imperdible reflexión sobre violencia. Triste y penosa consecuencia que atraviesa la sociedad.   

La opinión pública ha sido sacudida en los últimos días por lamentables hechos de violencia desmedida, protagonizados en su gran mayoría por jóvenes. Además de la ya tradicional estigmatización hacia la juventud, se han esgrimido los más variados argumentos para intentar explicar tan lamentables y repudiables episodios.

Varias personas han hablado de la educación como un factor clave para explicar los hechos. También se ha pretendido individualizar la cuestión, explicando que el comportamiento violento tiene que ver con una cuestión eminentemente personal de chicos o chicas, quienes tendrían distorsionados los valores o no han recibido o asimilado cierta instrucción cívica.

¿Pero no podría ser, que los hechos que ocurren, están en cierta forma relacionados con el nivel de violencia y odio en la cual estamos viviendo cotidianamente y que empezamos a naturalizar de a poco? 

Veamos. Si bien hay cuestiones que son individuales y que tienen que ver con cómo percibe el mundo y la vida cada persona, estamos llegando a niveles de odio, agresividad y violencia que son alarmantes. Basta ver simplemente las expresiones en redes sociales, las reacciones en la calle o en establecimientos ante un pequeño altercado o discusión. La incapacidad de entablar discusiones o debates con argumentos y sin recurrir a cuestiones personales o bajezas, el insulto fácil, la descalificación.

Ya desde los medios de comunicación se bajan discursos violentos. Desde las editoriales de los más prestigiosos comunicadores y comunicadoras, se destilan mensajes que llaman a la fractura y la discordia, y buscan ensanchar (para mal) las diferencias. 

Nuestra sociedad reproduce estereotipos nefastos, nos llevamos pésimo con la figura del “otro”, necesitamos encasillar a las personas en tribus, grupos sociales, identificarlos para combatirlos, para alejarnos de la posibilidad de ser como el “otro”. Nos aterra tener coincidencias con alguien que no tiene nuestro color de piel, no pertenece a nuestro estrato social o no comulga con nuestras ideas.

Estos comportamientos se reflejan en el sistema educativo y en el trabajo. Se genera competencia, quién gana más, quién es mejor alumno, quién se queda con el ascenso, quién se recibe en término. Nos enseñan valores en la teoría, pero en la práctica no se aplican. No es casualidad que se disparen las ventas de ansiolíticos y antidepresivos, o que empiece a haber menor tolerancia al fracaso o a la frustración. 

Y por supuesto los roles que la sociedad nos ha impuesto y a los cuáles no renunciamos. Si sos “hombrecito” tenés que agarrarte las piñas, defender a tu tribu, si se meten con uno se meten con todos. ¿De dónde viene el placer de hostigar, aislar, perseguir a quien se viste diferente, siente diferente, ama diferente?

¿Por qué cada vez que llega un fin de semana tenemos ganas de ahogarnos en mares de descontrol, de irracionalidad, buscando probablemente un escape de una sociedad que nos exige más de la cuenta, y por eso, nos lleva a querer saltar de un abismo?

Pienso también en los padres que insultan a sus chicos de 5 años porque no dieron un pase correcto en el fútbol, o porque no le pegó una patada para parar al rival, la supuesta “pasión” por los colores, que va más allá del Boca- River, y que llega a la política, los carnavales o los colegios, lejos de la competencia “sana”. 

También existe el concepto de “no dejarse pisotear”, que se malinterpreta, y antes de que el otro me haga algún daño, me trate mal o intente denigrar, reacciono primero y lo ataco, generando el conflicto “por las dudas”, y para evitar que me ganen de mano.

Finalmente y muy importante, la realidad de cada hogar. ¿Qué situaciones ven a diario los chicos y chicas que se ven involucrados en hechos de violencia? ¿Qué mensajes reciben de forma tácita de parte de sus padres y su familia? De parte quiénes somos formadores y educadores, nuestro discurso en el aula ¿se condice con la realidad?

Este atisbo de reflexión, no pretende justificar a nadie, ni echar culpas, ni brindar soluciones mágicas, simplemente busca generar un inicio, ser un punto de partida, romper el hielo y dejar de patear los problemas para adelante. También formo parte de esta sociedad y seguramente he contribuido de alguna forma al estado actual de las cosas. Hago esta aclaración porque como dije, no pretendo dar lecciones de nada a nadie.

Empecemos a darle valor a la vida, al amor a las cosas que realmente valen la pena y que hacen que este mundo tan caótico valga la pena. ¿Cómo pretender que los chicos y las chicas comprendan el valor de una vida y de cuidar del otro, y respetarlo, si nosotros mismos no hacemos esto? Paremos un poco con esta bola de nieve que amenaza con llevarnos puestos a todos y todas. Empecemos por juntarnos a establecer los problemas y resolverlos, en vez de pasarnos la pelota. 

Empecemos a cuidarnos, a respetarnos, y a condenar a quienes realmente quieren que el mundo sea un lugar lúgubre y miserable. La justicia actuará en cada uno de los casos, esperemos que con el mejor criterio para darle tranquilidad a los familiares de las víctimas. Y empecemos a trabajar para no tener que ver nunca más este tipo de noticias.

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