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Las Heridas de Manuel Belgrano

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Profesor Mauricio Muro, investigador, escritor.

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La Revolución Francesa de 1789 dio inicio a una serie de nuevos pensadores, tales como: Montesquieu quien fue el primero en creer que era necesario separar los poderes del Estado; Rousseau quien sostenía la necesidad de realizar un gran contrato social; Voltaire que fue defensor de la libertad de expresión, de la separación de la iglesia y estado, y crítico de la Iglesia católica, del Cristianismo, Islam y Judaísmo; estos y otros pensadores modificaron para siempre toda la civilización, social, política e intelectual de Francia, y del mundo después.

Manuel Belgrano había nacido en Buenos Aires el 3 de junio de 1770. Estudió en el Colegio de San Carlos y luego en España, en las Universidades de Valladolid y Salamanca. Llegó a Europa en plena Revolución Francesa y vivió intensamente el clima de ideas de la época con apenas 19 años de edad. De esta manera pudo tomar contacto con los pensadores que cité previamente y con otros escritores que aportaron sus ideas.

Se interesó particularmente por la fisiocracia Quesnay que ponía el acento en la tierra como fuente de riqueza y por el liberalismo de Adam Smith, que había escrito allá por 1776 que “La riqueza de las Naciones” estaba fundamentalmente en el trabajo de sus habitantes, en la capacidad de transformar la materia prima en manufacturas. Belgrano pensó que ambas teorías eran complementarias en una tierra con tanta riqueza natural por explotar.

En 1974 regresó a Buenos Aires y se había propuesto a fomentar la educación ya que esas eran las ideas que traía impregnadas e inspiradas por la Revolución de Francia y sus pensadores. Así creó escuelas de dibujo técnico, de matemáticas y de náutica.

Desconfiaba de la riqueza fácil que prometía la ganadería porque daba trabajo a muy poca gente, al no desarrollar la creatividad, empeoraba el crecimiento de la población y concentraba la riqueza en pocas manos. Su obsesión era el fomento de la agricultura y la industria.

Como delegado del Consulado proponía proteger las artesanías e industrias locales subvencionando «un fondo con destino al labrador ya al tiempo de las siembras como al de la recolección de frutos». Porque «La importación de mercancías que impiden el consumo de las del país o que perjudican al progreso de sus manufacturas, lleva tras sí necesariamente la ruina de una nación».

Esta era, a su entender la única manera de evitar, “los grandes monopolios que se ejecutan en esta capital, por aquellos hombres que, desprendidos de todo amor hacia sus semejantes, sólo aspiran a su interés particular, o nada les importa el que la clase más útil al Estado, o como dicen los economistas, la clase productiva de la sociedad, viva en la miseria y desnudez, que es consiguiente a estos procedimientos tan repugnantes a la naturaleza, y que la misma religión y las leyes detestan».

Cuando Manuel Belgrano llegó a Buenos Aires era abogado, economista, periodista, político y diplomático, pero jamás fue militar hasta ese momento.

Conocía muy bien a los españoles pues ellos mismos lo habían formado y además fue salpicado por toda esa batería de ideas nuevas que iluminaban y encendían mucho más la llama de la libertad. Era consciente que sólo la independencia podía traer el progreso, entonces empezó a conspirar contra la dominación española. 

Una conspiración a través de unos libros que pudo hacerlos entrar de contrabando a la Argentina y el principal de ellos era EL Contrato Social de Rousseau y El Espíritu de las Leyes de Montesquieu. Se hizo amigo de Mariano Moreno, el ideólogo de cómo encarar la revolución; Juan José Castelli, el orador de la revolución y por las paradojas de la historia su médico tuvo que cortarle la lengua porque padecía cáncer; Manuel Alberti, el cura de la revolución quien confesaba a Belgrano y a otros próceres y luchadores de la época.

La semana de mayo fue intensa, todas las reuniones las presenciaba Belgrano y su amigo Moreno. Exigían la renuncia del virrey Cisneros quien no estaba dispuesto a entregar el mando, pero al mismo tiempo se sentía muchos españoles tuvieron que volver a sus tierras por la amenaza napoleónica de invasión.

Cada día que pasaba era un día menos que faltaba para tener nuestro propio gobierno y así fue que Belgrano logró reunir unas 600 personas en la plaza que esperaban ansiosas el resultado de la reunión adentro.

Mientras tanto cuando le tocó votar por la permanencia o destitución de Baltasar Hidalgo de Cisneros, Domingo French optó por echar al virrey, y agregó: “Yo y 600 más”. Aludía así a la gente de las afueras que había movilizado y que lo seguían a fe ciega. Junto con Antonio Beruti compusieron una dupla que aún obliga a nombrarlos siempre juntos. Fieles a sus principios, ambos vivieron sus vidas muy intensamente.

French y Beruti no repartían cintas solamente, sino que repartían armas entre sus seguidores porque si el Virrey Cisneros se negaba a renunciar, afuera estaban listos para entrar por la fuerza y echar a los españoles.

Finalmente triunfaron los criollos y la Revolución fue una realidad, pero no nos olvidemos de las mujeres porque muchas estuvieron en lugares claves, como Mariquita Sánchez, Casilda Igarzabal y Guadalupe Cuenca. Mujeres importantes como también lo fue María Remedios del Valle todas ellas incansables luchadoras por la libertad y la independencia.

Una vez formada la Primera Junta de Gobierno, que presidía Saavedra, empezaron las primeras discusiones acerca de la dirección que iban a darle tanto al país como a la economía. Lo primero que hizo Saavedra fue deshacerse de la piedra en sus zapatos que era Mariano Moreno, a quien mandó a matar, lo arrojaron al mar de este modo se convirtió en el primer desaparecido de la historia argentina. Algunos hasta decían que Saavedra le había confesado al cura Manuel Alberti el asesinato de Moreno.

Su segunda piedra en los zapatos del otro pie para Saavedra era Belgrano, entonces lo mandaban a las batallas porque sabían que Belgrano no era militar, sabían que nunca en su vida había disparado un solo tiro y la Primera Junta lejos de cuidarlo aceptaba su ofrecimiento de pelear. Así quedó en la historia el “Éxodo Jujeño” una batalla ideada y planificada sobre la marcha. Belgrano ordenó quemar todas las casas y las cosechas y llevó a todo el pueblo hasta Tucumán donde rodeó a los españoles y los venció. Esta noticia no le cayó para nada bien al zapato de Saavedra.

También, perdió otras batallas en las cuales siempre iba al frente, pero muchos soldados daban la vida por él porque sabían que era mucho más que un militar, era un intelectual que tenía la idea de una nación justa, una nación que abrace a todos y mucho más a los más pobres e indefensos. Él sabía que era difícil pero no imposible.

En una de esas tantas batallas lo mandan al Paraná porque los españoles, que no se daban por vencidos, iban a entrar por allí para intentar reconquistar el poder. Belgrano estaba pensativo, caminaba nervioso por entre sus soldados y fue en ese momento que decidió hacer una bandera que sea nuestra, que sus colores nos identifiquen y que flameara en honor a cada uno de los soldados caídos en combate.

El día 27 de febrero del año 1812 Manuela Belgrano decide que esa batalla y todas las que vendrían, lo harían con una Bandera propia. Entonces una vieja vecina de la ciudad de Rosario, Doña María Catalina Echeverría, tuvo que coser por primera vez dos trapos con los colores celeste y blanco en forma vertical.

Ese día Belgrano hizo formar a sus soldados, les dirigió unas palabras y entre lágrimas y escalofrío les hizo jurar fidelidad y que la defienden hasta con el último aliento que les quedara en esa batalla.

La Junta de gobierno enfureció al enterarse de esto y a través de una nota le ordenaban a Belgrano que deje sin efecto esa bandera, pero esa nota llegó tarde, pues los soldados ya habían jurado defenderla hasta morir.

Respecto a los colores de la Bandera existen dos teorías que son las que más se acercan a la verdad histórica: una afirma que Belgrano eligió esos colores por sentimientos religiosos en homenaje a la Virgen de la Merced, a quien se encomendó antes de librar la batalla de Tucumán y le entregó su sable como muestra de agradecimiento y veneración; la otra está vinculada a intereses políticos. Se eligieron el celeste y el blanco porque fueron los distintivos de la casa de Borbón de España e incluso algunos investigadores sostiene que hasta podrían tener los colores del uniforme del Rey Fernando VII.

Manuel Belgrano ha sido el prócer que más empobrecido murió. Historiadores pertenecientes a la corriente revisionista sostienen que no solamente le entregó su reloj a su médico como parte de pago, sino que también le dio un pedazo de oro que tenía en uno de sus dientes.

Antes de morir en el año 1820, el gobierno le debía más de 6 meses de sueldo y en su testamento escribió, que donaba esos 40 mil pesos fuertes para la construcción de una escuela en Tarija, obra que recién fue inaugurada 191 años más tarde bajo la presidencia de Néstor Kirchner.

Las heridas de Belgrano aún siguen abiertas cuando no se enseña su verdadera historia, cuando un docente sale a la ruta buscando la buena voluntad de alguien que lo lleve a su escuela. Las heridas de Belgrano siguen abiertas cuando hay docentes que viven sin luz eléctrica, cuando perciben sueldos miserables. Las heridas de Belgrano siguen abiertas cuando la corrupción naturalizada pasa de gobierno en gobierno.

Curar las heridas del mejor prócer de la historia argentina depende de cada uno de nosotros.

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